
Uruguay no termina en Montevideo
28/05/2026 Por: BaltasarEn Uruguay existe una discusión silenciosa que atraviesa gobiernos, campañas electorales y decisiones políticas desde hace décadas: la enorme distancia que muchas veces separa a Montevideo del interior del país.


No hablo solamente de kilómetros. Hablo de prioridades, de miradas y hasta de formas distintas de entender la realidad cotidiana.
Mientras en la capital buena parte del debate político gira alrededor de agendas culturales, discusiones partidarias o polémicas que nacen y mueren en redes sociales, en gran parte del interior las preocupaciones suelen ser otras: el empleo, la falta de oportunidades para los jóvenes, el cierre de comercios, el deterioro de rutas, la crisis de algunas actividades productivas o la sensación permanente de que las decisiones importantes siempre se toman lejos.
El centralismo uruguayo no es nuevo. Montevideo concentra poder político, económico, administrativo, mediático y cultural. Allí están los grandes canales, las principales oficinas del Estado, las universidades más importantes y buena parte de la discusión pública nacional. Eso termina generando una visión del país que muchas veces no logra comprender la realidad del norte, del litoral o de la frontera.
Hay departamentos enteros que sienten que solamente existen cuando ocurre una tragedia, una inundación o una elección.


Y sin embargo, el interior sostiene buena parte del país productivo. Del campo, de la agroindustria, del comercio fronterizo y de cientos de pequeñas economías locales viven miles de familias uruguayas que rara vez aparecen en las grandes discusiones nacionales.
A veces Montevideo habla del interior como si fuera un territorio lejano, casi abstracto. Pero el problema no es únicamente geográfico. También es político y cultural.
Existe en parte de la dirigencia nacional una dificultad histórica para entender que las necesidades de Artigas, Rivera, Cerro Largo o Salto no siempre son las mismas que las de Pocitos, Cordón o Parque Rodó.
Por eso resulta tan peligroso cuando la política empieza a encerrarse en una lógica exclusivamente capitalina. Porque un país pequeño como Uruguay no puede darse el lujo de construir ciudadanos de primera y ciudadanos periféricos.
El interior no pide privilegios. Pide atención, infraestructura, oportunidades y, sobre todo, ser escuchado.
Quizás haya llegado el momento de asumir algo básico pero incómodo: Uruguay no termina en Montevideo. Y cuanto más tarde la política demore en comprenderlo, más profunda será la distancia entre el país oficial y el país real.





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