Historias De Escuelas Y Maestros

Opinión16/10/2026 Por: Alice Toral

Ser maestra es mucho más que enseñar,  es  acompañar y ayudar  al sujeto de la educación  a formar  su subjetividad, es  realizar  transposiciones didácticas, socializar, innovar,  brindar un ambiente físico y social adecuado,  transformar el ser humano para llevarlo de la realidad de su ser a nuevas dimensiones  para alcanzar el potencial cognitivo, afectivo y social y mucho más.
Por eso el educador siempre deja huellas que tienen que ver  con los valores que  transmite y con el vínculo que establece con los educandos; se entrega y se  compromete  con  su rol de instructor y de educador porque cada vez que enseña está educando y sembrando futuro.
Es por  eso  también que  la  educación tiene  poder, conforma un compromiso ético y político muy profundo. Es un compromiso ético porque  reflexiona sobre los  valores humanos a cultivar  y es político  porque se  compromete a crear una convivencia humana  para un  mundo mejor y más justo.

Eso es  lo  que puede hacer  un docente que toma conciencia  de su rol y es lo  que  realiza el maestro director planificando su proyecto pedagógico y social para  su gestión como organizador, coordinador, evaluador responsable de  las  condiciones  ambientales, sociales  y del  resultado académico de los  educandos.
El director funciona como un director de orquesta para que la escuela funcione como un sistema complejo  y abierto donde se define el  futuro de un  grupo humano desde las aulas para el bien de cada uno y de la comunidad.
La escuela 43, José Pedro Varela vivió y vive ese proceso como todas las escuelas. Recordaremos momentos puntuales de su historia a mediados del siglo XX.

El Pensamiento Pedagógico  A  Mitad Del Siglo Xx

Aportes de diferentes experiencias que se realizaron a fines del siglo XIX y comienzos del XX constituyeron  un movimiento denominada “ Escuela Nueva” que tuvo un  gran impacto sobre el pensamiento pedagógico y se expandió por el mundo, también  a  nuestro país donde influyeron sobre el pensamiento y la  acción de  muchos  docentes uruguayos. 
La importancia que adquirieron  estas ideas en el pensamiento pedagógico fue notable y  sus proyecciones constituyeron  un periodo de oro  del magisterio nacional, donde se destacaron importantes experiencias  como las  escuelas  experimentales,  el trabajo  realizado por Jesualdo Sosa y el Plan Estable además de otras  figuras como Julio Castro donde  se encuentran los  embriones  del pensamiento pedagógico presente.

Desde ese momento la escuela no se  cierra; es en su interior donde se reflexiona sobre los problemas educativos  propios y del entorno, se  tejen las soluciones y se genera  una  forma de pensar la realidad.
Es importante señalar que  la sociedad  uruguaya en esos años pasaba por ese  impulso de renovación de las estructuras conservadoras, y el magisterio esperaba una renovación en la enseñanza pública. 
Los programas  rurales de 1949 y urbano de 1957 son un  ejemplo  de esa revolución  copernicana realizada en la escuela, donde el niño es el centro y la  escuela una institución activa  en  relaciones bidireccionales con el entorno social.
Se buscaba  evidentemente, tras la huella del pensamiento de Durkheim y de Dewey, un mundo en cambio y un maestro como  agente activo de la sociedad.
La escuela debía  cambiar no sólo  en sus prácticas de enseñanza sino en su edificación interior y  exterior.
A mediados del siglo XX, la  escuela 43, reflejó en  su aspecto externo e  interno una  renovación reflejo de este movimiento innovador.
Aquel edificio pequeño, extemporáneo y vetusto debía ser transformado; y fue en el pensamiento de sus maestros que se proyectó esa  reforma.

El Edificio Escolar  En Sus Primeras Décadas.

Desde  mi niñez  acompañé a mi madre, directora de la escuela 10 de Chiflero a los actos  de clausura de actividades de algunas escuelas de la ciudad.
Recuerdo  especialmente  una tarde de diciembre  del año 1944; terminaba de cursar mi primer año de primaria y disfrutaba de mis primeras vacaciones.
Caminábamos por la calle Amaro F. Ramos  hacia el norte, rumbo  a la  escuela 43, hoy José Pedro Varela.
Las casas de ambos lados de esa arteria lucían sus jardines perfumados de jazmines y otras flores de verano que formaban un  bellísimo paisaje urbanístico que respirábamos con placer.

A medida que  avanzábamos, la travesía se hacía más solitaria; pocas viviendas muy humildes, algunas de paredes de barro y techo de totora , alternando con  grandes terrenos baldíos.
En muchos  espacios la flora nativa de la costa del río avanzaba intrépida hasta tocar el borde de la calzada, desprovista de toda otra  vegetación.
Y allá lejos, la escuela; una edificación en forma de cubo y al parecer construida  con materiales   que el tiempo  deterioraba.
Varias cuadras y llegábamos al final de la calle que tocaba al Río Cuareim con sus orillas bordeadas  de  barrancos que el ambiente erosionaba  y constituía el camino líquido  para llegar, cruzando la anchura del torrente al saladero  de Quarahí.
Un pequeño  embarcadero donde esperaban los botes, únicas embarcaciones  que realizaban  el pasaje de viajeros  hasta la otra orilla era la imagen pintoresca y cotidiana.

En ese lugar  se había  formado  un  barrio denominado Aldea, donde habitaban  los  trabajadores del saladero NOVO QUARAHÍ, importante emprendimiento internacional iniciado a fines del siglo XIX del empresario  Emilio Calo.
Con el tiempo  el progreso fue destruyendo esa extraordinaria obra, sustituida por los frigoríficos y sólo quedó como  recuerdo algunos galpones semiderruidos, únicos  testimonios de una gloria pasada.

Allí quedó  la  escuela, solitaria, pidiendo  atención, cumpliendo su rol de alfabetizadora, pero   en vez de extinguirse como se pensaba,  fue creciendo  a pasos  agigantados, transformándose el lugar en un barrio de muchos habitantes  y una institución  educativa que necesitaba  una urgente transformación.
Ese cambio se produjo  a mediados del siglo veinte, como consecuencia de  las nuevas formas de concebir la educación y por las innovaciones pedagógicas.

Nuevos Maestros  Para Renovar La Escuela.

Un emprendimiento de esa naturaleza implicó   un proyecto de  gran envergadura, donde se necesitó realizar  muchos  trámites, gestiones, ayuda económica y social, y de una persona  que forjara la idea y preparara la  trama de los pasos a seguir.
La nueva directora de esta  institución fue la  encargada de acometer la tarea.

Se trataba de Agar Toral la que vino a realizar la experiencia colectiva de transformación; una maestra que tuvo una visión, característica personales de líder  para  argumentar y defender sus ideas,  un equipo extraordinario de maestros que la secundaron para que el proyecto fuera autorizado y lo  demás  fueron  trámites, gestiones,  para que al fin la propuesta se convirtiera en realidad.

Agar, hija de Marzal Toral , secretario tesorero de la Inspección de Escuelas y de  la maestra Raquel Calo, nació en  Artigas, el 30 de setiembre de 1935; la primavera perfumada de azahares  la recibió en su seno y trajo a la familia el encanto y la alegría propia de la  estación.

Proveniente de una familia de docentes y en una  casa donde la lectura era uno  de los objetivos fundamentales , además de las bibliotecas de su casa ella se formó la suya. Creció entre libros, buena música  y una fuerte personalidad que le permitió realizar sus buenos propósitos.

En 1953  obtuvo  el título de Maestra de  Primer Grado  en el Instituto  Normal de Artigas y  dos años  después, en Montevideo,  logró el título de Maestra de Segundo Grado en el Instituto Normal de  la capital.

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