


Ser maestra es mucho más que enseñar, es acompañar y ayudar al sujeto de la educación a formar su subjetividad, es realizar transposiciones didácticas, socializar, innovar, brindar un ambiente físico y social adecuado, transformar el ser humano para llevarlo de la realidad de su ser a nuevas dimensiones para alcanzar el potencial cognitivo, afectivo y social y mucho más.
Por eso el educador siempre deja huellas que tienen que ver con los valores que transmite y con el vínculo que establece con los educandos; se entrega y se compromete con su rol de instructor y de educador porque cada vez que enseña está educando y sembrando futuro.
Es por eso también que la educación tiene poder, conforma un compromiso ético y político muy profundo. Es un compromiso ético porque reflexiona sobre los valores humanos a cultivar y es político porque se compromete a crear una convivencia humana para un mundo mejor y más justo.
Eso es lo que puede hacer un docente que toma conciencia de su rol y es lo que realiza el maestro director planificando su proyecto pedagógico y social para su gestión como organizador, coordinador, evaluador responsable de las condiciones ambientales, sociales y del resultado académico de los educandos.
El director funciona como un director de orquesta para que la escuela funcione como un sistema complejo y abierto donde se define el futuro de un grupo humano desde las aulas para el bien de cada uno y de la comunidad.
La escuela 43, José Pedro Varela vivió y vive ese proceso como todas las escuelas. Recordaremos momentos puntuales de su historia a mediados del siglo XX.
El Pensamiento Pedagógico A Mitad Del Siglo Xx
Aportes de diferentes experiencias que se realizaron a fines del siglo XIX y comienzos del XX constituyeron un movimiento denominada “ Escuela Nueva” que tuvo un gran impacto sobre el pensamiento pedagógico y se expandió por el mundo, también a nuestro país donde influyeron sobre el pensamiento y la acción de muchos docentes uruguayos.
La importancia que adquirieron estas ideas en el pensamiento pedagógico fue notable y sus proyecciones constituyeron un periodo de oro del magisterio nacional, donde se destacaron importantes experiencias como las escuelas experimentales, el trabajo realizado por Jesualdo Sosa y el Plan Estable además de otras figuras como Julio Castro donde se encuentran los embriones del pensamiento pedagógico presente.


Desde ese momento la escuela no se cierra; es en su interior donde se reflexiona sobre los problemas educativos propios y del entorno, se tejen las soluciones y se genera una forma de pensar la realidad.
Es importante señalar que la sociedad uruguaya en esos años pasaba por ese impulso de renovación de las estructuras conservadoras, y el magisterio esperaba una renovación en la enseñanza pública.
Los programas rurales de 1949 y urbano de 1957 son un ejemplo de esa revolución copernicana realizada en la escuela, donde el niño es el centro y la escuela una institución activa en relaciones bidireccionales con el entorno social.
Se buscaba evidentemente, tras la huella del pensamiento de Durkheim y de Dewey, un mundo en cambio y un maestro como agente activo de la sociedad.
La escuela debía cambiar no sólo en sus prácticas de enseñanza sino en su edificación interior y exterior.
A mediados del siglo XX, la escuela 43, reflejó en su aspecto externo e interno una renovación reflejo de este movimiento innovador.
Aquel edificio pequeño, extemporáneo y vetusto debía ser transformado; y fue en el pensamiento de sus maestros que se proyectó esa reforma.
El Edificio Escolar En Sus Primeras Décadas.
Desde mi niñez acompañé a mi madre, directora de la escuela 10 de Chiflero a los actos de clausura de actividades de algunas escuelas de la ciudad.
Recuerdo especialmente una tarde de diciembre del año 1944; terminaba de cursar mi primer año de primaria y disfrutaba de mis primeras vacaciones.
Caminábamos por la calle Amaro F. Ramos hacia el norte, rumbo a la escuela 43, hoy José Pedro Varela.
Las casas de ambos lados de esa arteria lucían sus jardines perfumados de jazmines y otras flores de verano que formaban un bellísimo paisaje urbanístico que respirábamos con placer.
A medida que avanzábamos, la travesía se hacía más solitaria; pocas viviendas muy humildes, algunas de paredes de barro y techo de totora , alternando con grandes terrenos baldíos.
En muchos espacios la flora nativa de la costa del río avanzaba intrépida hasta tocar el borde de la calzada, desprovista de toda otra vegetación.
Y allá lejos, la escuela; una edificación en forma de cubo y al parecer construida con materiales que el tiempo deterioraba.
Varias cuadras y llegábamos al final de la calle que tocaba al Río Cuareim con sus orillas bordeadas de barrancos que el ambiente erosionaba y constituía el camino líquido para llegar, cruzando la anchura del torrente al saladero de Quarahí.
Un pequeño embarcadero donde esperaban los botes, únicas embarcaciones que realizaban el pasaje de viajeros hasta la otra orilla era la imagen pintoresca y cotidiana.
En ese lugar se había formado un barrio denominado Aldea, donde habitaban los trabajadores del saladero NOVO QUARAHÍ, importante emprendimiento internacional iniciado a fines del siglo XIX del empresario Emilio Calo.
Con el tiempo el progreso fue destruyendo esa extraordinaria obra, sustituida por los frigoríficos y sólo quedó como recuerdo algunos galpones semiderruidos, únicos testimonios de una gloria pasada.
Allí quedó la escuela, solitaria, pidiendo atención, cumpliendo su rol de alfabetizadora, pero en vez de extinguirse como se pensaba, fue creciendo a pasos agigantados, transformándose el lugar en un barrio de muchos habitantes y una institución educativa que necesitaba una urgente transformación.
Ese cambio se produjo a mediados del siglo veinte, como consecuencia de las nuevas formas de concebir la educación y por las innovaciones pedagógicas.
Nuevos Maestros Para Renovar La Escuela.
Un emprendimiento de esa naturaleza implicó un proyecto de gran envergadura, donde se necesitó realizar muchos trámites, gestiones, ayuda económica y social, y de una persona que forjara la idea y preparara la trama de los pasos a seguir.
La nueva directora de esta institución fue la encargada de acometer la tarea.
Se trataba de Agar Toral la que vino a realizar la experiencia colectiva de transformación; una maestra que tuvo una visión, característica personales de líder para argumentar y defender sus ideas, un equipo extraordinario de maestros que la secundaron para que el proyecto fuera autorizado y lo demás fueron trámites, gestiones, para que al fin la propuesta se convirtiera en realidad.
Agar, hija de Marzal Toral , secretario tesorero de la Inspección de Escuelas y de la maestra Raquel Calo, nació en Artigas, el 30 de setiembre de 1935; la primavera perfumada de azahares la recibió en su seno y trajo a la familia el encanto y la alegría propia de la estación.
Proveniente de una familia de docentes y en una casa donde la lectura era uno de los objetivos fundamentales , además de las bibliotecas de su casa ella se formó la suya. Creció entre libros, buena música y una fuerte personalidad que le permitió realizar sus buenos propósitos.
En 1953 obtuvo el título de Maestra de Primer Grado en el Instituto Normal de Artigas y dos años después, en Montevideo, logró el título de Maestra de Segundo Grado en el Instituto Normal de la capital.






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