Trauma acústico: el daño que no siempre se escucha
Se acerca el final del año y comienzan a multiplicarse las fiestas, las despedidas, los espectáculos y las reuniones con música. También aparecen los fuegos artificiales. Son momentos para disfrutar y compartir, pero hay un aspecto de la salud que suele quedar olvidado, la exposición a sonidos fuertes capaces de dañar la audición.

Muchas veces asociamos el trauma acústico con una explosión cercana. Y es cierto un solo estruendo puede provocar una lesión inmediata. Sin embargo, existe otra forma de daño que se produce por la exposición repetida a sonidos intensos. Una fiesta, los auriculares volumen elevado, una jornada con herramientas ruidosas. Las exposiciones se suman y el deterioro puede avanzar sin que lo notemos.
Dentro del oído se encuentra la cóclea, una pequeña estructura con forma de caracol que contiene células sensoriales. Su función es transformar las vibraciones del sonido en señales que el cerebro interpreta. El ruido intenso puede lesionar estas células y, cuando se destruyen, no se regeneran de manera natural. Por eso, el daño puede ser permanente.
No todos los oídos tienen la misma sensibilidad. Algunas personas presentan mayor susceptibilidad a las lesiones por ruido, debido, entre otros motivos, a factores genéticos.
Que alguien haya estado expuesto a música fuerte o a una explosión sin notar molestias no demuestra que esa exposición sea segura para los demás. Tampoco la ausencia de dolor garantiza que no exista daño.
El riesgo depende de la intensidad del sonido, del tiempo de exposición y de la distancia a su origen. Cuanto más fuerte es, menos tiempo hace falta para que pueda resultar perjudicial. Si tenemos que levantar la voz para conversar con alguien que está a un brazo de distancia, debemos tomarlo como una advertencia, conviene bajar el volumen, alejarnos o buscar un lugar más tranquilo.
En las fiestas es frecuente permanecer durante horas cerca de los parlantes. Con los auriculares sucede algo parecido, subimos el volumen para tapar el ruido de la calle y prolongamos la escucha sin descanso. Nos acostumbramos al ambiente, pero esa adaptación no protege el oído. La repetición puede ir dejando una lesión que al comienzo pasa inadvertida.
Los fuegos artificiales merecen especial atención. Su sonido es breve, pero puede ser suficientemente intenso como para dañar el oído en un instante. Elegir celebraciones sin estruendos es una medida concreta de prevención. Los niños necesitan que los adultos evitemos exponerlos a estas situaciones y cuidemos su audición, aunque ellos no sepan reconocer o explicar una molestia.
Un zumbido, la sensación de oído tapado o escuchar menos después de una fiesta son señales que no debemos normalizar. Aunque desaparezcan, indican que es necesario revisar la exposición al ruido. Si persisten o se repiten, corresponde consultar. Pedir que nos repitan las palabras o tener dificultades para entender conversaciones también merece una evaluación.
Si la audición disminuye bruscamente, de un solo oído o de ambos, la consulta debe ser inmediata. Esto vale después de un estruendo y también cuando no identificamos una causa. No hay que esperar a sentir dolor ni dejar pasar los días suponiendo que es cera. La atención temprana permite evaluar el problema y ofrecer el tratamiento que corresponda.
La prevención empieza con hábitos sencillos, moderar el volumen, limitar el tiempo de exposición, hacer pausas en ambientes tranquilos y mantener distancia de parlantes y otras fuentes ruidosas. Cuando la actividad lo requiere, deben utilizarse tapones u orejeras de protección adecuados. Los auriculares comunes no reemplazan estos elementos.
La audición nos permite conversar, trabajar, disfrutar de la música y escuchar a quienes queremos. Cuidarla también forma parte de celebrar. En estas fechas, bajar un poco el volumen puede ser una decisión pequeña con un beneficio que nos acompañe toda la vida.


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