La frontera permeable: lo que no se ve del drama de las drogas entre Artigas y Quaraí

Opinión30/07/2026Mario Viola JiménezMario Viola Jiménez


En “La carta robada”, Edgar Allan Poe describe el concepto de ocultar algo a simple vista a través de su personaje C. Auguste Dupin, explicando que los objetos más notables a menudo pasan desapercibidos por ser "demasiado palpables".
En la frontera entre Artigas y Quaraí el Río Cuareim nunca dividió nada. Se cruza para hacer las compras, para visitar parientes o para ir a un baile. Pero esa misma facilidad que tenemos para convivir es la que aprovecha un problema que no pide documento ni mira de qué lado del puente naciste: el tráfico y el golpe cada vez más duro de las adicciones. Ya hablamos en entregas anteriores sobre la logística del narcotráfico a gran escala, pero me parece clave detenernos en la marca cotidiana que esto deja en la gente y en las instituciones de nuestra ciudad.

Lo primero que salta a la vista es el cuello de botella en la salud. Cuando una familia en Artigas se encuentra con un hijo o un hermano atrapado por el consumo, arranca un Vía Crucis. Los servicios ambulatorios hacen lo que pueden, pero están desbordados. Faltan camas, faltan profesionales a tiempo completo y, sobre todo, falta un centro de rehabilitación regional de fácil acceso donde alguien pueda hacer un proceso largo sin tener que terminar derivado a cientos de kilómetros o directamente abandonado a su suerte. Del lado brasileño la historia no es muy distinta: Quaraí sufre sus propios recortes presupuestales y, al final, la ayuda termina dependiendo más de la buena voluntad de algún médico de guardia que de una red sanitaria pensada para la frontera.
Mientras tanto, en los barrios más golpeados, el panorama se complica por la falta de trabajo y la falta de horizontes. Ahí es donde las "bocas" hacen su negocio más perverso. Para un gurí de 15 o 16 años que dejó el liceo y no encuentra dónde emplearse, acercarse al microtráfico no siempre empieza por el consumo; empieza por la necesidad o por la falsa idea de hacer un dinero rápido para ayudar en la casa o comprarse un par de championes. Las redes de microtráfico operan ocupando el lugar que el Estado y la sociedad dejamos vacío. Si no les ofrecemos alternativas reales de deporte, oficio o trabajo, se los regalas en bandeja.

En la parte policial y judicial, el problema es que jugamos con reglas viejas para un delito que cambió. La Policía de Artigas, la Brigada Militar y la Policía Civil de Quaraí se conocen, toman mate juntos y conversan, pero en los papeles la cosa cambia. La delincuencia cruza el río en dos minutos; la burocracia para coordinar un operativo o cruzar una jurisdicción tarda semanas. Los delincuentes le sacan ventaja a esa fisura legal: cometen el delito de un lado, se esconden del otro y aprovechan que las leyes de Uruguay y Brasil no siempre se entienden con la misma rapidez.

Al final de la jornada, los que terminan atajando los penales son las familias y las instituciones del barrio. Son las madres que se juntan a llorar y a buscar soluciones a pulmón, los dirigentes de los clubes de baby fútbol que mantienen a los chiquilines en la cancha hasta que oscurece para que no andengan en la calle, o los grupos religiosos que paran la olla. Hay una reserva moral y humana enorme en Artigas, pero esa red comunitaria está agotada. No se le puede pedir al vecino que haga el trabajo que requiere políticas públicas serias.

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A todo esto se suma que la droga de hoy no es la de hace diez años. La pasta base y sus derivados siguen haciendo estragos por lo barata y lo destructiva que es, quemando etapas a una velocidad espantosa. Pero también se ve cada vez más la circulación de otras sustancias en la noche, muchas veces vinculadas al alcohol y a fiestas, que mueven a otro perfil de jóvenes. No podemos seguir diagnosticando la realidad con ideas atrasadas; hay que mirar la calle tal cual es.

Tratar el tema de las adicciones en una zona de frontera exige dejar de lado los discursos armados desde la capital. Se necesita cooperación binacional real, recursos puestos acá en el norte y la convicción de que la frontera no puede ser tierra de nadie, sino el lugar donde la comunidad se organice para cuidar a los suyos. 

Conclusión

Si de verdad queremos dejar de correr de atrás a este problema, hay que dejarse de parches y asumir que la solución no va a salir de un escritorio en Montevideo ni de una oficina en Brasilia. La salida tiene que ser jurídica, binacional y pensada desde acá. Lo que Artigas y Quaraí necesitan con urgencia es la firma de un Estatuto o Protocolo de Cooperación Fronteriza para la Prevención y Reparación Social, un acuerdo bilateral aprobado por los Congresos de ambos países pero redactado con los pies en nuestro territorio.

Ese marco normativo no debería ser otro papel firmado para la foto. Tendría que establecer, por un lado, una Jurisdicción Sanitaria Compartida que habilite a los ciudadanos de ambas orillas a atenderse indistintamente en los servicios de adicciones de Uruguay o Brasil, financiando de forma conjunta la creación del tan necesitado centro regional de rehabilitación. Y por el otro, en lo legal, debe agilizar de una vez los mecanismos de cooperación policial y judicial preventiva, permitiendo que la información, la persecución del microtráfico y la intervención social crucen el Río Cuareim con la misma rapidez con la que hoy cruzan los delincuentes. 

Hasta que las leyes de ambos gobiernos no reconozcan que en la frontera la vida y los problemas son uno solo, seguiremos atacando con herramientas del siglo pasado un drama que destruye nuestro futuro todos los días.

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