


Drogas y salud mental: el cruce silencioso que golpea en nuestras comunidades.
Opinión27/08/2026
Mario Viola Jiménez
Cuando en la charla cotidiana o en los medios se habla del problema de las drogas, la mirada suele quedarse en la sustancia, el delito o lo que pasa en las esquinas. Sin embargo, en el día a día de nuestras comunidades existe una realidad mucho más cercana, compleja y silenciosa: la forma en que el consumo de sustancias se cruza con los problemas de salud mental. Esta combinación, que los profesionales llaman patología dual, representa una de las situaciones más delicadas para la salud pública y la convivencia familiar.
En muchos casos, el problema no empieza con la búsqueda de un exceso, sino con la necesidad de aliviar un dolor. Un vecino o un familiar que atraviesa una depresión profunda, crisis de ansiedad, insomnio o situaciones de angustia que no logra canalizar, encuentra en el alcohol, el cannabis o en sustancias estimulantes una vía rápida de escape. Se trata de una suerte de "automedicación" informal. El problema es que ese alivio dura poco y el costo es altísimo: la sustancia altera la química cerebral y termina agravando seriamente el problema de salud de fondo.



Las consecuencias de este cruce son directas y desgastantes. Por un lado, el consumo de drogas en personas con vulnerabilidad psíquica activa o intensifica episodios graves, como crisis de pánico, estados depresivos agudos o pérdida de contacto con la realidad. Por otro lado, la adicción "tapa" o enmascara el cuadro de salud mental, lo que vuelve muy difícil que los médicos lleguen a un diagnóstico claro a tiempo. Además, quien está atrapado en este ciclo suele abandonar los tratamientos o la medicación recetada, aumentando el riesgo de recaídas severas y de situaciones de riesgo de vida.
Este panorama no se agota en la persona que consume; golpea de lleno al núcleo familiar. Los hogares conviven con la incertidumbre, el agotamiento emocional y, muchas veces, la soledad frente al estigma o la falta de información. Durante años, el sistema de atención funcionó dividido: por un lado se atendía la adicción y por otro la salud mental. Hoy se vuelve indispensable articular un trabajo integrado entre instituciones, profesionales y organizaciones comunitarias para contener el problema desde todos sus ángulos.
Entender la gravedad de este cruce no significa justificar el consumo, sino comprender que detrás de una adicción compleja casi siempre hay un sufrimiento no resuelto. Construir respuestas desde la empatía, la prevención y el apoyo profesional continuo es la única manera de acompañar a las familias de nuestro medio y ofrecer herramientas reales a quienes buscan salir adelante.







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