

El modelo Uruguayo ante el espejo: El impacto de la regulación del Cannabis y la reducción de daños
Opinión20/08/2026
Mario Viola JiménezLas políticas sobre drogas en Uruguay suelen quedar atrapadas en un debate caricaturesco: por un lado, quienes pintan la legalización del cannabis como un milagro superado; por otro, los que reducen la realidad de las adicciones al impacto visible de la pasta base en los barrios golpeados. La práctica diaria transita por un carril bastante más incómodo y terrenal.
El país arrastra un hábito histórico con las drogas legales.
El alcohol cruza prácticamente todas las capas sociales y genera una presión constante en los sectores de urgencia médica, mientras que el tabaco, pese al repliegue logrado por las regulaciones del consumo en espacios cerrados, sigue cargando la cuenta del sistema sanitario. En ese mapa cotidiano se inserta la Ley 19.172.


La regulación del cannabis no clausuró la delincuencia ni liquidó la marginalidad; lo que hizo fue desenganchar a una masa de usuarios comunes de las bocas de venta ilegal, pasándolos al registro de farmacias, el cultivo en casa o las redes de los clubes.
El problema severo aparece en la otra punta de la cuerda. La pasta base no admite lecturas tibias ni resoluciones de laboratorio. Quien termina atrapado en esa sustancia rompe vínculos de trabajo, apoyo familiar y vivienda de un tirón. Ahí es donde la idea de "reducir daños" abandona el plano técnico y busca sostener lo básico: evitar que la persona se muera en la calle o termine en un calabozo por el solo hecho de consumir.
Para que esa respuesta funcione sin caer en la represión ciega, la gestión estatal tuvo que desplegar presencia en el terreno. De ahí surgen las oficinas de atención abierta y los equipos que caminan las zonas complicadas para entablar un primer contacto con las familias desbordadas. No se trata de obligar a nadie a firmar un alta médica de un día para otro, sino de mantener un canal de auxilio donde la burocracia policial no sea la primera puerta en cerrarse.
El margen de mejora sigue siendo enorme. Las partidas presupuestales para salud mental continúan corriendo de atrás a la demanda en el interior del país, y la oferta de integración real para quien logra frenar un consumo problemático es todavía escasa. Sin embargo, mirar el panorama con realismo implica aceptar que el consumo de sustancias existe y va a seguir existiendo; la discusión de fondo es si el Estado responde persiguiendo fantasmas o intentando atajar los destrozos humanos en el camino.
En ese marco, pensar en desandar este camino y reinstalar la prohibición absoluta equivale a apagar una fuga de agua cerrando los ojos. Pretender que el Estado recupere el control devolviéndole el monopolio de la sustancia a las redes clandestinas no tiene nada de pragmático; es, más bien, una muestra de amnesia institucional.
A lo largo de los años, Uruguay logró sacar del circuito penal a miles de personas cuyo único delito era consumir. Pasar de esa realidad a la persecución systematic implicaría saturar nuevamente las comisarías con usuarios comunes, abarrotar juzgados con causas menores y estirar hasta el límite un sistema penitenciario que ya no tolera un preso más. La prohibición no elimina el consumo; simplemente lo sepulta bajo la clandestinidad, elimina los controles de calidad sobre lo que la gente mete en su cuerpo y deja el mercado servido en bandeja a las bandas que operan en los márgenes.
El retroceso más grave, sin embargo, no sería de orden legal o logístico, sino humano. Tirar por la borda la red de contención territorial para volver al enfoque que trata al adicto como un delincuente rompería la poca confianza que costó años construir entre el sistema de salud y los barrios más afectados. Cuando la respuesta estatal frente al sufrimiento o la dependencia vuelve a ser la patrullera y el calabozo, lo único que se consigue es que la gente se esconda más, se atienda tarde y termine muriendo en la sombra.
Uruguay no tiene un sistema perfecto y las deudas en salud mental y marginación siguen estando a la vista de cualquiera. Pero volver atrás no arregla nada de lo que hoy funciona mal; solo destruye lo poco que se logró rescatar del barro. La discusión seria no pasa por nostalgias prohibicionistas, sino por decidir si el Estado va a seguir dando la cara en el territorio o si prefiere lavarse las manos y dejar que el problema lo resuelva la policía.



EL ARCHIVO POLÍTICO - De “desafuero o complicidad” a los votos de Cabildo Abierto



Frontera Artigas-Quaraí: Entre el blindaje de la raya y el desamparo en los barrios





Edición impresa del diario a papel correspondiente al día 19-08-2026

Liceo N.º 1 modifica temporalmente su ingreso por obras en las veredas

Plaza Artigas suma nuevas palmeras y se refuerzan los trabajos de mantenimiento de espacios verdes

La apicultura mantiene su crecimiento en colmenas pese a la baja en el número de productores










