

Hay nombres que no necesitan presentación. No porque hayan buscado notoriedad, sino porque la construyeron a fuerza de constancia, trabajo y una coherencia que se sostuvo durante décadas. El fallecimiento de Roberto Bertsch no es solo la despedida de un reconocido rematador y empresario: es el cierre de una forma de hacer las cosas.


En tiempos donde la confianza suele firmarse con cláusulas, garantías y letra chica, Bertsch representó otra lógica. Una más antigua, pero no por eso menos vigente: la de la palabra dada. Esa que no necesitaba reafirmarse porque nunca fallaba. Esa que, durante 55 años, sostuvo negocios, vínculos y trayectorias sin estridencias, pero con una solidez difícil de igualar.
No fueron solo años. Fueron miles de kilómetros recorridos, campos visitados, manos estrechadas y remates conducidos con la misma seriedad, desde el norte profundo hasta el corazón del campo uruguayo. Porque quien entrega su ganado, entrega mucho más que animales: entrega su esfuerzo, su historia y su porvenir. Y eso, Bertsch lo entendió y lo practicó siempre.
Su vínculo con Artigas fue mucho más que circunstancial. Apostó al departamento cuando apostar al interior no era una consigna, sino una convicción. Impulsó emprendimientos, generó movimiento económico y confió —de verdad— en el potencial de esta tierra. No como discurso, sino como práctica cotidiana.
Hace muy poco celebraba 55 años de trayectoria, sintetizados en una frase que hoy resuena con más fuerza que nunca:
“55 años construyendo confianza en cada negocio. 55 años y una misma forma de hacer las cosas.”
No es una consigna de marketing. Es un resumen de vida.
La noticia de su fallecimiento genera pesar, pero también invita a una reflexión necesaria. En un país que a veces olvida el valor de la trayectoria silenciosa, figuras como la de Roberto Bertsch recuerdan que el prestigio verdadero no se improvisa ni se hereda: se construye, día tras día, cumpliendo.
Familiares, amigos, colegas y quienes compartieron su camino profesional lo despiden hoy con respeto. Pero, sobre todo, con gratitud. Porque más allá de los remates y los números, dejó algo que no cotiza en ningún mercado: credibilidad.
Y cuando alguien se va habiendo honrado su palabra durante toda una vida, no se va del todo. Permanece. En la memoria, en los negocios bien hechos y en la certeza de que, alguna vez, hacer las cosas bien fue —y sigue siendo— posible.


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