
Entro al baño de un liceo y ahí está.
No es una frase, no es un corazón como antes, no es una idea o un dibujo.
Es una amenaza.
Escrita con marcador.
Con la misma herramienta con la que, se supone, construimos conocimiento.
¿Para esto utilizan marcadores?
El objeto es simple,inocente. Un marcador no es más que tinta y plástico. Pero en manos equivocadas se transforma en un vehículo de miedo, en una señal de alarma, en un gesto que deja de ser juego cuando cruza ciertos límites. Y la los cruzaron.
Porque escribir “tiroteo” en un pizarrón no es una travesura más.
No es como dibujar una caricatura del profesor o anotar una broma entre compañeros.
Es introducir la idea de la violencia real en un espacio que debería ser, ante todo, seguro.
Lo más inquietante no es solo el acto, sino lo que nos muestra.
Hay algo profundamente descolocado en que un estudiante X recurra a ese tipo de mensaje para llamar la atención, suspender una clase o provocar reacción. No estamos hablando de rebeldía creativa ni de transgresión.
Estamos frente a una forma de violencia que, aunque no se materialice, deja huella.
Porque el aula cambia después de eso. Cambia la mirada de los docentes, cambia el clima entre los estudiantes, cambia la forma en que se percibe el espacio.
Aparece la sospecha, la tensión, el “¿y si esta vez no es broma?”. Y ese “por si acaso” ya es suficiente para que algo se rompa.
No alcanza con decir que “son gurises” o que “no dimensionan”. En algún punto, sí dimensionan.
Saben que están escribiendo algo grave. Lo que quizás no alcanzan a comprender es el efecto real, que es el miedo colectivo, la movilización de protocolos, la intervención policial, la angustia de familias enteras.
Todo eso desencadenado por unas palabras escritas sin pensar ni un poquito.
También hay que hacerse otra pregunta ¿de dónde salen estas ideas?
No nacen en el vacío. Circulan en redes, en noticias, en relatos que se replican sin contexto.
Se vuelven desafío, tendencia, chiste oscuro. Y en ese proceso pierden gravedad, se banalizan, como todo.
El problema es que la realidad no funciona como un video que se puede cerrar.
La realidad responde.
Como docente, como adulto, no puedo mirar esto con indiferencia ni quedarme sin decir nada.
Hay algo más profundo que atender. Estos actos hablan de necesidad de atención, de límites difusos, de una relación distorsionada con la violencia y sus consecuencias. Hablan, también, de una escuela que tiene que volver a discutir seriamente qué significa convivir.
No se trata de prohibir marcadores. Se trata de recuperar el sentido de lo que hacemos con ellos.
Un marcador puede explicar el mundo o puede amenazarlo.
Puede abrir preguntas o sembrar miedo. Puede construir o destruir.
La diferencia no está en la tinta.
Está en la conciencia.
Que hoy está faltando con regularidad a clases.
Nelson







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