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La Fundación de San Eugenio del Cuareim 12 / IX / 1852 – 12 / IX / 2023

Opinión 27 de septiembre de 2023 Por: Prof. Celeste Paiva
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Hemos sido convocados para evocar libremente, en un juego libre y abierto de la memoria, que implica una relación interpelante, porque arranca del pasado para buscar respuestas en el presente y al mismo tiempo considera que recordar es aprender buscando y preguntando.  Al contrario de la metáfora bíblica de la mujer de Lot, que por mirar hacia atrás se convirtió en una estatua de sal, todo invita ahora a la interacción del diálogo entre la memoria individual y la memoria colectiva, lo que es, esencialmente, la configuración de nuestra identidad. La memoria no es un mausoleo cerrado, porque las subjetividades se renuevan y los recuerdos cambian. Fotos, detalles recordatorios, antigüedades, cartas, diarios íntimos, objetos personales son los soportes de una memoria que no quiere perderse y que se vuelve más atractiva al registrarse en crónicas, testimonios, tradiciones y relatos.
         Donde termina la memoria de las generaciones que dicen que lo vieron o que lo escucharon decir, ahí empieza la historiografía. Hay que conocer la historia para combatir mejor la violencia. Y los recuerdos deben  fijarse en la palabra escrita, es lo más seguro para que la memoria no desaparezca con la vida. El texto es su mejor guardián, de ahí la propuesta del Director de Cultura, porque “Siempre hay algo que contar”, y es lo que buscamos con las convocatorias a los concursantes. Los espacios de la memoria son siempre poesía o historia.
             Episodios significativos de nuestra historia, son como aquel, que hoy celebra su centésimo septuagésimo primer aniversario, vale decir, cumple 171 años.

           Un 12 de septiembre, de 1852, nacía San Eugenio del Cuareim. Nacía de la creatividad y el talento de Carlos Catalá, joven montevideano con 28 años de edad, y una “vida breve” como destino.  Después de luchar en la Guerra Grande, aceptó la diligencia de fundar un pueblo fronterizo, en defensa de la soberanía nacional. Pues, en la margen opuesta del río Cuareim, estaba la villa San Juan Bautista, el asentamiento militar que luego se convertiría en lo que es hoy, la ciudad de Quaraí. 
         La beligerancia de su juventud, se adiestró  en la conquista de una “tierra de nadie”, así de bravía y enigmática. Y de la sangre derramada, surgió la sangre nueva, promisoria del carácter benigno de un villorrio en el que sus habitantes abrían puertas y ventanas para dar libre acceso al sol, que entraba a todos los hogares.
          Años más tarde, se constituye en la capital departamental, y en 1915, adquiere la categoría de ciudad  y pasa a  llamarse: Artigas, “la del nombre del Héroe” al decir del verso inicial de Canto a la ciudad de Artigas de la maestra Eneida Texeira, continuamos con algunos versos del extenso poema:  “Cálida voz norteña de la patria oriental / llamada a rebeldías y libertades. / Ciudad de la nostalgia … ciudad de la esperanza / que naciste en septiembre, cuando nacen los sueños y las alas.” 
           En 1915, José Pedro Bastitta, lamenta La Tristeza del pueblo, San Eugenio, en un soneto, a modo de Sonatina de Rubén Darío: “San Eugenio no tiene como antaño alegrías / ya no goza, no ríe, lo consume el hastío / y hay en todas las horas del correr de sus días / la infinita saudade de un ocaso de estío.”
           Por otro lado, Olimpio Godoy, con trazos sencillos en la elocución, así le canta a Mi ciudad: “Mi bella ciudad de Artigas / sos de todos … y de nadie. / Vas luciendo tu donaire / con un ritmo diferente. / Sencilla, tranquilamente, / coqueta, vivaz, risueña … / como una piba norteña / que no ha cumplido los veinte.”
           Los nostálgicos versos de Alba Roballo, desde una estética neorromántica, expresan en sus Saudades, el desgarrón afectivo: “Hace años, que partí una tarde. / Quedabas en los rieles y el poniente / entre tu mar verde y tus naranjos. / Tu celeste Cuareim, la arena roja / y el cielo de llamas trashumantes. / El tendido poblado silencioso, / las humildes barriadas, sombra y sangre. / La “Aldea”, sus laderos, lata y miedo / cuchillos y miserias, amor sin huella / y párpados de piedra sin más lágrimas.”
Dos estrofas,  del Canto a la Ciudad de Artigas  de Ofelia Calcagno de Robatto, del poema, conformado con esmerada textura, que fue musicalizado y cantado como vals:
 “La luz del pensamiento sostiene sus escuelas, / la torre de su iglesia, el signo del amor; / proclama su obelisco la gloria de sus héroes, / y es índice tendido hacia algo superior./ Un árbol generoso nos habla del pasado / descansan nuestros muertos en gleba secular, / hay luces en la altura y luces en lo llano, / fervor santificante inunda nuestro lar.”
           Desde el espacio de la memoria que permanece arraigada en el corazón,  llegan estos versos del querido profesor Aníbal Alves,  en una estrofa de su Elegía por San Eugenio del Cuareim: “San Eugenio barrido por el viento / que te mueres de sed en el verano: / eras un accidente del paisaje, / un madurar apenas presentido, / una equivocación de geografía, / desafío de barro sobre cuarzo.”  
               En primavera tú naciste … rezan los versos de Raúl Hecht, y en la ficción poética, destina el mensaje al pueblo que le canta: “En primavera tú naciste; / piedra sobre piedra, / paja sobre barro, / Pueblo del Cuareim: tú naciste … / Hoy que han tocado a mi puerta / tus cuatro esquinas cardinales, / San Eugenio del Cuareim, / déjame pulsar, / las cien cuerdas de tu guitarra.”
                Raúl Mello, con paleta en ristre, exalta las Acuarelas de San Eugenio: “San Eugenio / casuchas con clavel de patio umbrío. / Opulenta luna campesina sobre los techos bajos. / Septiembre / que va de rama en rama / duende a duende / derramando un vino crepuscular / sobre las lánguidas colinas.”
                Mirta Tió, en el soneto Artigas, primera estrofa,  expresa el deliberado sentimiento de sus versos. “Abrazada por el río enamorado / en su izquierda margen nace y se levanta / la ciudad que en el recuerdo se agiganta / con perfume de nostalgia susurrado.”   
                Carmen Díaz Cámara, en la última estrofa de Toda vestida de viento, se despide con versos premonitorios “Y yo sueño que algún día / me integraré a ese paisaje, / bañada en mieles y soles / y con muy poco equipaje, /  me iré vestida de viento / a emprender mi último viaje. / Esos cerros de mi tierra / serán todo mi equipaje.”

Estos poetas, todos ellos, han partido, ya sus cuerpos son cenizas, pero sus almas palpitan en estos versos, trascienden la noche de los tiempos para asegurar, en el recuerdo, su homenaje al terruño tan amado. 
                  En el presente artiguense, otros poetas tomaron la posta, buscando y transfiriendo lo que surge del pasado entorno, para reinventarlo en la escritura poética.                 
                 Cimientos de una rica ciudad es el título del poema de Trasildo Bueno, aquí, los versos de la primera estrofa: “Nació la Patria, / murió la espera / y desde aquellos estertores / en este Norte matrero, / se abrió una huella nueva / esencia de otra historia, / como mojón de frontera; / su balcón y su portal / de bruces/ sobre el vacío acuoso; el más septentrional / de los cardinales, mostrador sur del Cuareim, / el Río de los pozos.”
           En Fundación mítica de San Eugenio del Cuareim, Elba Nury Silva, introduce en el campo de la poesía, información descriptiva, y frente a los ojos del lector se recrea la vista de un San Eugenio aldeano, incipiente, convertido en mito fundacional de una cultura naciente.             
   A mí se me hace cuento / que nació San Eugenio / con cien varas la plaza / y ochocientas el pueblo. 
 Una iglesia de barro / con campana de bronce / y una cruz que se erguía / oteando el horizonte. 
Dicen que María Barquera / se hizo dueña del misterio / y adivinó en las aguas / el destino de este pueblo.
            
Artigas, nuestra patria chica, merece ser recreada poéticamente, ha sido cantada y contada, en verso y en prosa, convertida en un verdadero ícono  para poetas y narradores y en asidero para quienes buscan arraigo.
           La relación establecida con su contexto, expresiones literarias en este caso, aunque también las pictóricas y arquitectónicas, constituyen la memoria en que cristaliza la cultura, y se consagra como capital intangible de nuestro patrimonio, tan valioso como los bienes materiales. Ejemplo de ello: las piedras artiguenses, sus ágatas, que además tienen un valor simbólico, son famosas junto con las de India por considerarse las mejores del mundo, así como las amatistas que vienen siendo requeridas internacionalmente, desde mucho tiempo atrás.
            En el Discurso fundacional de San Eugenio del Cuareim, Carlos Catalá vaticinaba:
           “El pueblo que hoy levantamos (…) será un nuevo centro de garantías para todos, un centro de industrias y conveniencias que el hombre culto y libre anhela encontrar en todas partes …”
            Somos responsables de preservar lo que nuestros antepasados pronosticaron, porque gracias a ellos, crecimos fortalecidos. A través del hilo conductor de nuestra historia nos identificamos con las generaciones, porque todos nosotros, artiguenses del pasado, del presente y del futuro, heredamos el mismo compromiso: el de ser mejores cada día, para construir comunidades de solidaridad y encuentro; conservar ese refugio del espíritu donde se escriben todas las ideas y sentimientos, los hechos y los descubrimientos. Que nada nos empuje a la indiferencia, la desidia o el descuido de los bienes del patrimonio artiguense que sustentan la vida cotidiana en nuestra ciudad, y mucho menos, a la violencia.
                Después de este recorrido itinerante, entre historia y poesía, con el propósito de construir identidad, los invito a proclamar el orgullo de ser artiguenses, a defender nuestro “… rincón, muy bonito muy bonito”, como explican los versos de Alan Gómez, a que sea cada vez más confortable para nosotros y más acogedor para los visitantes, para que todos podamos vivir,  tranquilamente,  en paz.

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